Esa maravillosa ciudad de Camboya

Vitamina para el alma

Esa mañana me levanté a las 6am como de costumbre, después de ponerme una camiseta y tomar un té, fui a buscar mi bici junto al pequeño altar budista del jardín. Desgastada y fiable como las cosas de antaño me volvía a llevar, al igual que las últimas tres semanas, hacia la magia del caos ordenado que reina en esa maravillosa ciudad, donde el bullicio te atrapa. Sin embargo, tuve la sensación de plenitud que raramente se tiene, me encontraba lleno de energía y vida, crecido, cómodo con el desarrollo de los acontecimientos en Camboya.

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Cuando sonó el despertador salté de la cama con la ilusión del niño que va por primera vez de excursión. La mochila estaba preparada, tan solo faltaba asearme un poco y coger el móvil de la mesita de noche. Por delante la jornada se preveía agotadora. Y así fue…

Abrumado, y algo desorientado, contemplo el ajetreo del mercado. Olores intensos y fuertes se mezclan en un espectáculo de colores y sabores, propios de todas esas delicias tropicales que nos da la naturaleza y que sólo en algunos lugares del mundo podemos disfrutar. Me decido por un mango, lo troceo, y sigo paseando por las estrechas calles interiores. La dificultad con el idioma se equilibra con la eterna sonrisa de la gente. Cada comerciante ofrece lo mejor de sí, se hace entender, empatiza de manera melosa. Atraído por la artesanía, empiezo a adentrarme entre productos fabricados a mano con exquisito detalle; me decanto por una talla de madera de Geko y, como todo se hace aquí, despacio, me diluyo entre la multitud hasta desaparecer dejando atrás el mercado.

Las tres calles colindantes no son tan vivas, estoy paseando a la par que disfruto de una cuidada arquitectura colonial francesa. De repente, algo me llama la atención, un olor me invade. Me acerco al pequeño puesto callejero de comida, el aroma se hace más incisivo a cada paso. Estos noodles son diferentes, de hecho, son chinos. ¡Los voy a probar! Me siento junto al río saboreando la comida, acompañando con una sabrosa caña de azúcar, pienso en todo. Y en nada. En ese momento, un sin fin de bicis cruza el puente peatonal, ya que su estado no asegura la seguridad para el tránsito de vehículos. Se dirigen hacia el otro lado de la ciudad buscando sus hogares, otra jornada de colegio terminada. Pienso cómo pasarán la tarde. Unos jugando, otros dando de comer a los animales; la mayoría, trabajando la inmensidad de los arrozales que abrigan a la población.

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Parece que han pasado cinco minutos, mas miro el reloj y llevo casi dos horas de siesta. Esta buena costumbre deberían de importarla. Con las pilas cargadas de nuevo voy paseando río abajo. Acordes empiezan a sonar, luego se añaden otros tonos de fondo. Confundiéndose entre sí, cada melodía ocupa su espacio. Revueltos pero ordenados. Así es como está el parque, cantidad de grupos haciendo ejercicio al son de músicas del mundo. Un gimnasio improvisado para acabar el día en forma, disfrutando del aire fresco que empieza a soplar. Familia, amigos y parejas en clases de yoga, zumba, etc.  Atrapado por la escena me siento a observar. La inmensidad del mundo, de sus gentes y culturas, de cómo entendemos la vida aquí y allá.

De repente se puso el sol, se cerró el ciclo de nuevo. La calurosa acogida de días atrás, 21 exactamente, se había transformado en una amistad. O quizá, quién sabe, en algo más. Cenar y reír, donde tantas otras veces, en esa terraza del centro de esa maravillosa ciudad con un encanto especial; rodeados de arte y alumbrados por la inmensidad de un cielo estrellado imponente. En Camboya el tiempo se detenía a la vez que no dejaba nunca de avanzar. Esa noche era diferente, esa noche la mochila estaba repleta de nuevo para regresar. Su alma estaba pletórica, los días pasados la hicieron engordar.

 

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